González Byass y la Corona: historia de una lealtad centenaria

Desde hace más de un siglo y medio, las Bodegas González Byass gozan del aprecio de la Familia Real española, al que las distintas generaciones de bodegueros han respondido constantemente con su lealtad y gratitud.
Visita del Príncipe de Asturias, 1988. Archivo González Byass
Visita del Príncipe de Asturias, 1988. Archivo González Byass
Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp

«Senza vino non c’è festa», proclamó el papa Francisco en uno de sus discursos en la plaza de San Pedro. Bien lo saben los reyes de todos los tiempos, pues, efectivamente, este néctar de dioses no ha faltado en ninguno de sus banquetes. 

Pero en un país como el nuestro, en que la elaboración de vino es una seña de identidad avalada por una tradición milenaria y figura entre las principales actividades productivas del país —constituyendo el sustento de miles de familias y la razón de ser de un buen puñado de ellas— la relación entre la monarquía y la viticultura ha ido mucho más allá, adquiriendo a lo largo del tiempo un carácter de lo más especial y entrañable. A través de los siglos, la Corona española, consciente de la centralidad del vino para la sociedad española, ha demostrado un apoyo constante a quienes unen su destino al de los viñedos y hacen del oficio de vinatero un verdadero arte. La Familia Real ha llegado así a entretejer verdaderas amistades con algunas de esas otras dinastías que se han ido construyendo entre racimos.

El caso de las Bodegas González Byass es un testimonio elocuente. A lo largo del último siglo y medio, los distintos miembros de la Casa Real han multiplicado las muestras de afecto y cercanía a los titulares de esta compañía y sus familias, en una relación que se fue fortaleciendo con el tiempo y que vivió momentos de verdadero esplendor en las décadas iniciales del siglo pasado. Con ello, la Corona contribuyó al prestigio y la proyección nacional e internacional de González Byass. Sin que por ello se sintieran incomodadas las otras grandes casas jerezanas, pues ellas también gozaron, en mayor o menor medida, de la amistad y favor real. Visitas regias, distinciones de diversa índole, presencia de los vinos González Byass en los grandes acontecimientos dinásticos… todo ello va jalonando esta larga relación que se remonta al reinado de Isabel II.

Isabel II: el origen de una larga amistad

En efecto, la primera visita real a estas bodegas estuvo enmarcada en el viaje oficial que realizó la Familia Real por las provincias andaluzas en el otoño de 1862 y que la llevó también a Jerez de la Frontera. Las escasas cinco horas que permanecieron en la ciudad los reyes Isabel II y Francisco de Asís junto a sus hijos, condensaron desbordantes muestras de simpatía del pueblo jerezano, quien, «ebrio de alegría» según crónicas de la época, se echó a la calle en un efímero pero frenético ambiente festivo desplegado en un escenario profusamente engalanado, al que los lugareños habían dedicado un notable esfuerzo y trabajo en los días y semanas previos.

Isabel II en las Bodegas González Byass
(Archivo González Byass)

Tras el almuerzo en el Real Alcázar, la Familia Real se trasladó a las bodegas González Byass. Ahí, tras atravesar el arco triunfal de la entrada —uno de los tres que se construyeron en su honor en la propiedad— fueron recibidos por el fundador y gerente de la empresa, Manuel María González Ángel, y su familia. 

Su deseo de mostrar a la Reina como se realiza en Jerez la pisa de la uva chocó con la realidad inamovible del calendario, pues era ya octubre y el tiempo de la vendimia había pasado, de manera que no quedaba ya uva para estos menesteres. Para solucionar el problema, se mandó comprar toda la uva de cuelga de la zona y, en un lagar montado para la ocasión, fue convertida en mosto ante la atenta mirada de la Reina.

La soberana también conoció la fábrica de aguardiente, impulsada por máquina de vapor, así como las pirámides de duelas con que se alimenta la fábrica de botas de extracción y durante el recorrido por «este espacioso emporio de riqueza vinatera», que almacenaba «sobre ocho mil botas de vino», los monarcas tuvieron ocasión de probar algunos de los mejores caldos. De una de aquellas botas conteniendo Pedro Ximénez añejo y con una venencia de plata, les fue servido el néctar de Jerez. Antes de abandonar el lugar, Isabel II accedió a la petición del fundador de las bodegas de «poner su real nombre a un tonel […] en el que se proponía colocar el mejor mosto de la actual cosecha, en memoria de la real visita.» 

Para entonces, los vinos de estas bodegas ya eran conocidos en Palacio, pues en 1851 las entonces denominadas Bodegas González Dubosc obtuvieron el título de Proveedor de la Real Casa. La Familia Real se había convertido así en embajadora de la bodega de Manuel María González y contribuía a promocionar sus vinos entre la aristocracia madrileña.

Los vínculos se reanudan con la Restauración

Si el Príncipe de Asturias no debió de probar en aquella primera visita el vino de Jerez, dados sus escasos cinco años de edad, sí tendría ocasión de hacerlo quince años más tarde, cuando volvería a estas bodegas. En esta ocasión ya como Rey de España, una vez restaurada en su persona la Monarquía española, tras el llamado Sexenio democrático iniciado con la Revolución que le había costado el Trono a su madre. 

Alfonso XII en las bodegas González Byass 1877 (La Ilustración española y americana)
Alfonso XII en las bodegas González Byass 1877 (La Ilustración española y americana)

Como sabemos por el único testigo gráfico conservado de este acontecimiento —un grabado recogido y comentado por la revista madrileña La Ilustración española y americana—, después de recorrer «los principales departamentos de aquel magnífico centro vinatero» y presenciar la ejecución de varias faenas de bodega, «se dignó aceptar una copa del rico vino que se guarda en el tonel que le está dedicado, en la antigua bodega de La Constancia».

Cinco años más tarde, en febrero de 1882, volvió Alfonso XII a Jerez de la Frontera. Lo hizo junto a su segunda esposa, María Cristina de Habsburgo, en cuya boda se había servido vino de González Byass, al igual que había ocurrido un año antes, en su primer enlace matrimonial, con María de las Mercedes de Orléans, cuando se sirvieron vinos de la añada de 1857, año de nacimiento del rey. En este nuevo viaje a Jerez quiso el monarca volver a visitar a Manuel María González y a su familia en sus bodegas. Dos ilustraciones dejaron constancia de cómo fue engalanada para aquella visita regia La Concha, bodega levantada en honor a la reina Isabel II. Su arquitectura original y revolucionaria está atribuida al famoso ingeniero francés Gustav Eiffel. 

La Concha (González Byass) durante la visita de Alfonso XII en 1882
La Concha durante la visita de Alfonso XII en 1882

El reinado de Alfonso XIII: la época dorada de la amistad con la Casa González Byass

La relación de Alfonso XIII con la familia González y sus bodegas fue aún más estrecha que la mantenida por su padre y su abuela. Fue Alfonso XIII quien recompensó con sendos títulos nobiliarios y cargos honoríficos la probada lealtad de las distintas generaciones al frente de González Byass y los servicios prestados al país. En 1902 otorgó al primogénito de Manuel María González, Manuel González Soto, el título de marqués de Bonanza, en reconocimiento por haber cedido a la Cruz Roja sus propiedades en la villa sanluqueña de Bonanza para un hospital de sangre donde curaban a los heridos de la guerra de Cuba, así como terrenos para asentar a los repatriados que llegaban indigentes.

Y en 1919 fue a su hermano, Pedro Nolasco, a quien el Rey ennobleció, concediéndole el título de marqués de Torresoto de Briviesca, al que sumaría en 1926 el honor de Gentilhombre de Cámara de Su Majestad. A Pedro Nolasco González Soto le unía una estrecha amistad, labrada en las largas y frecuentes jornadas de caza en el Coto de Doñana a las que le invitaba el «tío Perico», como lo llamaba cariñosamente el monarca, mucho más joven que él.

Andalucía era una tierra muy querida por los Reyes. Disfrutaban mucho de sus paisajes variopintos y cautivadores así como del alegre ritmo de la vida de sus ciudades. Y su cercanía y buena comunicación en tren con Madrid la hacían especialmente atractiva para escapar del bullicio madrileño y de los rigores de las tareas de gobierno. Uno de los destinos favoritos de Alfonso XIII y su Familia fue Jerez de la Frontera, al que acudieron en numerosas ocasiones, tanto en visitas oficiales como particulares, a menudo con parada en la casa de González Byass. 

En efecto, en su dilatado reinado, Alfonso XIII visitó las bodegas hasta en cuatro ocasiones, la primera de ellas, en 1904. Como estamos viendo, estas visitas no eran sólo de mera cortesía. Por un lado, estaban percibidas como instrumento del proceso de nacionalización de la monarquía y de la propia figura del Rey. De ahí los apretados programas, la parafernalia y la estudiada puesta en escena de cada uno de estos encuentros con el pueblo al que se quería acercar la institución. Pero, al mismo tiempo, era una vía eficaz para que el monarca conociera de primera mano la realidad del país (o la parte de la realidad que le querían mostrar las autoridades y notables de cada lugar). 

En este sentido, los viajes regios a Jerez de la Frontera y, en especial, a algunas de las casas bodegueras de la ciudad, entre las que destacó a menudo la de González Byass, fueron ocasiones privilegiadas para tomar el pulso al progreso de uno de los sectores más relevantes para la economía nacional: la industria del vino. En un panorama industrial escasamente desarrollado y poco competitivo en el plano internacional, era precisamente la industria del vino —y la del vino de Jerez en especial— la que descollaba y presentaba los mejores resultados en todos los sentidos: aplicación de adelantos técnicos, productividad, presencia en los mercados internacionales…

Las crónicas de los viajes regios se fueron haciendo eco de esta realidad. En aquella primera visita del jovencísimo monarca, en los primeros compases del nuevo siglo, la revista Nuevo Mundo incidía en el hecho de que Alfonso XIII tuvo ocasión de visitar «algunas acreditadas bodegas, admirando los adelantos que empresas poderosas han implantado en las mismas, adquiriendo así sus industrias un desarrollo verdaderamente notable».

Y pasaba enseguida a dedicar un reportaje de tres páginas a la visita que realizó el Rey a González Byass, detallando la organización y los avances implementados por esta, que hacían de ella un modelo para el sector: «cuantas mejoras ha ido alcanzando la elaboración del vino, se encuentran allí implantadas». Entre ellas, las cinco máquinas de vapor, con una fuerza de treinta caballos. Y, no menos importante, en el plano organizativo, una red de agentes propia en toda Europa y América. Todo ello había contribuido a que la Casa González Byass fuese «prosperando en proporciones casi asombrosas», encontrándose desde los años 50 «entre las que exportan mayor cantidad de vino anualmente.»

No es de extrañar que Alfonso XIII, monarca vanguardista y atraído por las novedades de la tecnología, disfrutase enormemente de estas visitas y se mostrase muy atento e interesado por las explicaciones que recibía, como narran las crónicas. Un espíritu que animó al soberano cada vez que volvió a estas bodegas, y lo hizo en tres ocasiones más: dos de carácter privado, en 1915 y 1925; y la última, de índole oficial, en 1929, en el marco de los viajes que la Familia Real realizó a Andalucía con ocasión de la Exposición Iberoamericana de Sevilla, en la que las bodegas González Byass estuvieron presentes con un magnífico pabellón construido junto a la casa de aceites Ibarra.

Además, dos años antes, había acudido a las bodegas la reina Victoria Eugenia junto a sus primos el Príncipe de Gales, futuro Eduardo VIII, y su hermano Jorge, en una de aquellas excursiones con las que les gustaba a los monarcas agasajar a sus invitados extranjeros. 

González Byass, presente en la nueva etapa de la Monarquía española

La proclamación de la República llevó la relación entre la Familia Real y las bodegas a un plano más privado. Sin embargo, en los años 60, y a pesar de la incertidumbre reinante, la Monarquía española parecía encaminarse hacia un nueva etapa de su historia y se preparaba con determinación para volver a prestar sus servicios al país si así le fuera requerido.

Un acontecimiento dinástico de primer orden inauguraba la década y la Casa González Byass no tardó en reafirmar su lealtad a la Corona. A la boda de Sus Altezas Reales los Príncipes Don Juan Carlos y Doña Sofía, celebrada en Atenas en 1962, llegó procedente de Jerez vino de la añada de 1938, año de nacimiento de los novios. 

En cambio, cuando la Monarquía fue recuperada para España, el vino escogido por las bodegas para celebrar la proclamación de Don Juan Carlos como Rey de España fue un vino joven, de ese mismo 1975, claro símbolo de una nueva época esperanzadora y llena de vitalidad que daba comienzo aquel año.

Y no sólo los vinos viajaron de Jerez a Palacio: en 1985, con motivo del 150 aniversario de González Byass, Don Juan Carlos concedió audiencia al Consejo de Administración de la compañía en el transcurso de la cual el monarca firmó su bota. Para evitar trasladarla, se llevó solamente un fondo. Su pronta llegada permitió a los consejeros gozar del privilegio de celebrar un «consejo de administración» en el Palacio de la Zarzuela.

Pronto se reanudarían las visitas regias a Jerez. En 1986 el Conde de Barcelona estampaba su firma en una bota en las centenarias bodegas y dos años más tarde era su nieto, el Príncipe de Asturias, quien las visitaba, junto a su promoción de la Academia General del Aire. Hubo que esperar hasta el año 2000 para contar con la presencia de Don Juan Carlos y Doña Sofía, regresando esta última en 2012, junto a las Primeras Damas que acudieron a la XXII Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno, celebrada en Cádiz. Se renovaba así el compromiso de la Corona con la cultura del vino y su promoción más allá de nuestras fronteras

Estos vínculos centenarios tienen su continuidad en Sus Majestades los Reyes Don Felipe y Doña Letizia, para cuya boda González Byass elaboró un vino especial. Un Jerez único, excepcional maridaje del Oloroso Seco de la Añada 1986 —año en que Don Felipe había hecho su juramento como Heredero de la Corona— con la suavidad, dulzura y elegancia de un viejísimo Moscatel. Además, en este Enlace Real se sirvió Clarión de Viñas del Vero, un vino blanco exclusivo de la bodega de González Byass en la D.O. Somontano.

Lealtad y aprecio renovados

Asimismo, Don Felipe y Doña Letizia quisieron celebrar junto a la gran familia de González Byass su 175º aniversario. Para ello se desplazaron a Jerez de la Frontera en noviembre de 2010 y recorrieron, como sus antepasados, las instalaciones bodegueras. No cabe duda de que en esos 175 años transcurridos desde su apertura, las bodegas habían conocido cambios sustanciales en todos los órdenes, adaptando su quehacer al paso del tiempo y adoptando las constantes innovaciones del sector, transformaciones de las que las diferentes generaciones de la Familia Real española han sido testigos privilegiados. Sin embargo, lo que Don Felipe y Doña Letizia encontraron inalterable fue la lealtad de aquella Casa a la Corona —renovada ahora en la familia González-Gordon— como lo atestiguan simbólicamente las botas firmadas por Personas Reales de diversos tiempos que se atesoran con orgullo en la Bodega de los Reyes

Almuerzo conmemorativo en la Bodega de los Reyes (González Byass). Foto de Juan Carlos Corchado
Almuerzo conmemorativo en la Bodega de los Reyes, 2010. Foto de Juan Carlos Corchado

Se trata de una de las bodegas que se encuentra en el llamado núcleo de «La Constancia», en el corazón histórico de González Byass, ya que fueron estas bodegas las primeras que Manuel María González utilizó y a partir de las cuales fue ampliando su propiedad. En ella se colocaron en la segunda mitad del siglo XIX los «diferentes toneles conteniendo los vinos más selectos de los años en que nacieron las Personas Reales que han visitado este establecimiento, a quienes están dedicados», como rezaba una Guía de Sevilla de 1896. Y ahí permanecen aún, testigo mudo de una amistad histórica que aguarda a ser renovada por las generaciones venideras. 

Sobre el autor

Zorann Petrovici (Rumanía, 1990) es Doctor en Historia contemporánea por la Universidad Complutense de Madrid. Investigador postdoctoral en dicha universidad, actualmente es profesor invitado en la Universidad de París I Panthéon-Sorbonne. Desde 2013 coordina las actividades académicas de la Fundación Institucional Española y dirige la revista España Real.

Agradecemos a González Byass la amable comunicación de información histórica proveniente de su archivo para la elaboración de este artículo.