La boda de Atenas: 60 años de un momento triunfal

Hace seis décadas contraían matrimonio en Atenas Don Juan Carlos y Doña Sofía: un acontecimiento dinástico de primera magnitud que resignificó a la dinastía española en el marco de la realeza europea y fortaleció la posición del príncipe Juan Carlos en España.
Boda Juan Carlos y Sofía 2
Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp

Todavía seis décadas después y, a pesar de todo el agua que para bien y para mal ha discurrido bajo los puentes, la boda de los reyes don Juan Carlos y doña Sofía, la por todos denominada “boda de Atenas”, continúa apelando a la imaginación de muchos por la trascendencia y la magnitud de aquel evento del 14 de mayo de 1962. Un acontecimiento de gran relevancia para la Casa Real de España, que pasaba por momentos muy inciertos, y que, sin duda alguna, contribuyó a recolocar al entonces príncipe de Asturias, don Juan Carlos, en la necesaria esfera internacional. Todo ello sobre el marco de fondo de una monarquía por entonces en ejercicio, la griega, que echó los restos en tres días de celebraciones, tanto jubilosas y familiares como revestidas de una gran formalidad, para dotar del boato necesario al matrimonio del legítimo heredero de la dinastía española y de la hija primogénita de los reyes Pablo y Federica de Grecia.

Boda de Atenas. La comitiva real saliendo de la Catedral católica de la capital griega. Archivo privado
Boda de Atenas. La comitiva real saliendo de la Catedral católica de la capital griega. Archivo privado

Aún no habían transcurrido veinte años desde el final de la Segunda Guerra Mundial, la realeza de entonces despertaba de un largo sueño de dificultades de toda suerte, y aquellos días en la capital de la Grecia clásica se congregaron, de forma excepcional, soberanos reinantes con toda una multiplicidad de príncipes tronados y destronados, realeza rica y empobrecida, y príncipes luteranos, griegos ortodoxos y católicos en una armónica danza que muchos de los invitados aún recuerdan con delectación. Una epifanía propia de lo que podemos denominar la última gran boda regia del siglo XX, que supo congregar a todos sin diferencia de destino o de fortuna. Las reinas de Holanda y de Dinamarca, el rey de Noruega y los príncipes de Mónaco se codeaban con la religiosa condesa Zamoyski; Lord Louis Mountbatten de Birmania daba el brazo a las hijas de Alfonso XIII; dos príncipes herederos alimentaban la comidilla de la prensa internacional y hasta la princesa Irene de Holanda, luego enemiga política desde las filas del Carlismo militante, llevó la cola del traje de novia de doña Sofía. 

Sin embargo, y en el escenario político español, aquel acontecimiento tuvo una particular significación pues supuso una gran contribución para dar el espaldarazo público necesario al heredero de la dinastía, en tiempos en los que el general Franco aún no se había pronunciado sobre quién sería el futuro rey de una España que se declaraba reino pero sin monarquía. Los príncipes se habían conocido algunos años atrás, se habían gustado y, un año antes, la reina Victoria Eugenia y su primo el prestigioso Lord Mountbatten, último virrey de la India, habían movido los hilos para juntarlos en el matrimonio del duque de Kent en la catedral de York. Una boda de la que surgió un compromiso muy del gusto tanto de griegos como de españoles que se pusieron manos a la obra pues, como doña Sofía ha declarado,“mi madre quiso que la boda fuese preciosa y fastuosa”. Las negociaciones, que no carecieron de dificultades a causa de la diferente confesión religiosa de los novios, se llevaron en secreto desde Estoril, residencia del conde de Barcelona; Lausana, ciudad en la que vivía la reina Victoria Eugenia; y Atenas donde reinaba como consorte la sagaz reina Federica. Y como pacto tácito y necesario, mantener al dictador español fuera de aquellos negocios para dejar claro que su opinión ni contaba ni era esperada. El asunto era un affaire de familia, y como tal se iba a tratar informándose al general Franco ya tardíamente y con los hechos consumados y bendecidos. Don Juan de Borbón se desmarcaba, una vez más, del parecer del régimen español dejando clara su independencia de criterio y su visión política democrática para España. 

Los años 60 habían comenzado con un rosario de matrimonios desiguales en el seno de las casas reinantes (Gran Bretaña, Bélgica), pero para el conde de Barcelona una boda de rango igual para el príncipe de Asturias era condición sine qua non. Una obligación necesaria para resignificar a la dinastía española en el marco de la realeza europea, y una forma de atraer hacia su hijo el interés de la prensa internacional que se volcó en reportajes en aquellos días. Don Juan Carlos se casaba con la hija de un soberano reinante y ello contribuyó de forma notable a darle a conocer ante los españoles, a reverdecer el interés por la dinastía dentro y fuera de España, y a levantar el ánimo y la pasión de los monárquicos que, muy entregados y ahora fortalecidos frente al régimen de El Pardo, acudieron en masa a Atenas donde durante varios días se mantuvo abierta una oficina de información en el Hotel Grande Bretagne. A ese afecto la Comisión Boda del Príncipe contrató aviones, barcos y hoteles y durante varios días se publicó el Diario Español de Atenas para las miles de personas que se desplazaron hasta allí. Un todo orquestado por los monárquicos españoles afines de don Juan de Borbón quien, como Jefe de su Casa, quiso acaparar para sí todo el protagonismo y que fue quien llevó adelante los tratos con la Santa Sede para conseguir el permiso del papa Juan XXIII para una doble boda católica y ortodoxa.  

Con la boda de Atenas el conde de Barcelona consiguió orillar al general Franco que, desde el palacio de El Pardo, fue testigo mudo de aquellos aconteceres a los que, sin embargo, dio su no pedida aquiescencia enviando a Atenas tanto a su ministro de Marina, el almirante Abárzuza, como a un embajador especial en la persona de Juan Ignacio Luca de Tena. La dinastía se separaba del régimen, actuaba con mano propia, y dejaba claro ante el mundo que, frente a otros posibles pretendientes (Alfonso de Borbón Dampierre o Carlos Hugo de Borbón-Parma) no había heredero más legítimo de la Casa Real de España que don Juan Carlos, ahora bendecido por el arropo y la presencia de sus regios primos reinantes. Además, con la incuestionable doña Sofía los Borbones de España enlazaban con un trono en pie, volvían a emparentar con las monarquías escandinavas y con los Windsor de Gran Bretaña y dignificaban su imagen pública dentro y fuera de España

El matrimonio de don Juan Carlos y doña Sofía despertó el interés internacional, fue el canto del cisne de una realeza en proceso de hibridación, y fue aprovechado por don Juan de Borbón para enfatizar, aún más, su atávico espíritu democrático y su anhelo de restauración de una monarquía para todos los españoles para el que no dudó en solicitar el apoyo de la gran potencia mundial, los Estados Unidos, para sacar adelante una restauración que ofreciese “a España toda la continuidad que el país necesita para evitar el caos”. Un rito de pasaje que, siete años después, eclosionaría en la nominación de don Juan Carlos como Príncipe de España y futuro sucesor a título de rey y que, a partir de 1977, daría su fruto en la Transición Política hacia una democracia plena

Sobre el autor

Ricardo Mateos Sáinz de Medrano (Madrid, 1961) es licenciado en Geografía e Historia. Durante largos años ha investigado la genealogía, la historia y la biografía de las casas reales y de las élites de poder en Europa, ámbitos en los que es autor, traductor, articulista y conferenciante tanto en España como en Gran Bretaña y Estados Unidos. Entre sus libros cabe destacar La familia de la reina Sofía (2004) o Estoril, los años dorados (2012).