Durante más de tres décadas, Harald V encarnó una paradoja particularmente escandinava: representar una institución hereditaria en una de las sociedades más igualitarias, democráticas y secularizadas de Europa. Cuando murió en Oslo el pasado 28 de agosto, a los 89 años, dejaba tras de sí treinta y cinco años de reinado y, sobre todo, una imagen de la Corona profundamente vinculada a la identidad contemporánea de Noruega.
Nacido el 21 de febrero de 1937 en Skaugum, Harald fue el único hijo varón del entonces príncipe heredero Olav y de la princesa Märtha de Suecia. Su nacimiento tuvo una significación especial: era el primer príncipe nacido en territorio noruego en 567 años y, bajo las reglas sucesorias entonces vigentes, garantizaba la continuidad de la dinastía.
Su infancia quedó marcada por la guerra. En abril de 1940, la invasión alemana obligó a la familia real a abandonar Noruega. Harald pasó parte del conflicto en Suecia y, posteriormente, en Estados Unidos, antes de regresar a su país en junio de 1945. Aquella experiencia contribuyó a vincular su figura, desde muy temprano, con una generación para la que la monarquía no era únicamente una institución constitucional, sino también un símbolo de continuidad nacional.
Tras la muerte de su abuelo, Haakon VII, en 1957, se convirtió en príncipe heredero. Su trayectoria anterior al trono estuvo lejos de limitarse a las obligaciones protocolarias. Estudió en la Universidad de Oslo, en la Academia Militar Noruega y en Oxford, y desarrolló una notable pasión por la vela. Representó a Noruega en tres Juegos Olímpicos —1964, 1968 y 1972—, una faceta deportiva que contribuyó a proyectar una imagen de la monarquía mucho más próxima a la cultura cotidiana del país.
También su vida personal reflejó una transformación de la sociedad noruega. En 1968 contrajo matrimonio con Sonja Haraldsen, una mujer que no pertenecía a una familia aristocrática ni a otra casa real europea. La decisión provocó inicialmente un intenso debate sobre el futuro de la monarquía. Sin embargo, la aceptación de Sonja por parte de los noruegos terminó convirtiendo aquel matrimonio en uno de los primeros signos de modernización de la institución.
Harald accedió al trono el 17 de enero de 1991, tras la muerte de su padre, Olav V. Lo hizo en un momento en que las monarquías europeas afrontaban una pregunta fundamental: ¿qué utilidad podía conservar una institución hereditaria en democracias plenamente consolidadas? Su respuesta no fue reivindicar una autoridad política que la Constitución no le otorgaba, sino desarrollar una concepción esencialmente representativa y simbólica de la Corona. Cuatro días después de su acceso al trono juró defender la Constitución ante el Parlamento.
Durante su reinado, el rey Harald V cultivó deliberadamente una imagen de proximidad. La afición por el deporte, la naturaleza y la vida al aire libre encajaba con valores profundamente arraigados en la cultura noruega. Su compromiso medioambiental tampoco fue meramente ceremonial: como príncipe heredero participó en la creación de la rama noruega de WWF, de la que fue presidente durante veinte años.

Pero probablemente su mayor contribución haya sido de carácter social y simbólico. Harald entendió que la supervivencia de la monarquía dependía menos de su capacidad para preservar tradiciones que de su capacidad para representar a una sociedad cambiante. En sus discursos insistió en la democracia, la libertad de expresión, los derechos humanos y la diversidad, presentándolos no como conceptos abstractos, sino como valores que debían ser defendidos cotidianamente.
Esta concepción adquirió especial importancia en los momentos de crisis. Después de los atentados del 22 de julio de 2011, la familia real desempeñó un papel visible en el duelo nacional. Harald evitó entonces cualquier discurso de confrontación y contribuyó a proyectar una idea inclusiva de Noruega. La Corona actuó como espacio simbólico de encuentro en una sociedad cada vez más diversa.
Su reinado estuvo, además, acompañado por una transformación profunda del propio país: de la prosperidad derivada del petróleo a una sociedad más multicultural, internacionalizada y consciente de los desafíos medioambientales. Harald no dirigió esos procesos —no correspondía a un monarca constitucional hacerlo—, pero sí los acompañó como una figura de continuidad.
Ahí reside quizá la clave de su legado. Harald V no fue un rey transformador en el sentido político tradicional. Su influencia fue más discreta y, precisamente por ello, más profunda. Contribuyó a que la monarquía dejara de presentarse como una institución situada por encima de la sociedad para convertirse en una institución que pretendía formar parte de ella.
Las escenas de los días posteriores a su muerte resultan reveladoras. Miles de noruegos han acudido espontáneamente a depositar flores y encender velas ante el Palacio Real, mientras el país iniciaba un periodo de duelo. Una encuesta realizada inmediatamente después de su fallecimiento sitúa el apoyo a la monarquía en el 72 %, ocho puntos por encima del registrado en mayo.
Ese respaldo no significa que la institución esté exenta de controversias ni que su futuro esté asegurado. La llegada al trono de su hijo Haakon VIII abre una nueva etapa y plantea a la Corona el reto de conservar la confianza construida durante décadas. Pero el punto de partida es significativo: Harald deja una monarquía que, pese a las discusiones recurrentes sobre su propia necesidad, mantiene una considerable capacidad de identificación emocional con la sociedad noruega.
Su lema, «Alt for Norge» —«Todo por Noruega»—, que es el lema de los reyes de Noruega desde su independencia en 1905, resume mejor que cualquier otra fórmula su concepción de la función real. Harald V hizo de la moderación, la continuidad y la cercanía instrumentos de una monarquía democrática. Su legado no será probablemente el de un rey que cambió Noruega, sino el de un rey que supo cambiar con ella.



